Fragmentos de definición tomada de Demetrio Estébanez Calderón, Breve diccionario de términos literarios
Entremés. Término [...] con el que se designaba, a mediados del siglo XVI, una breve escena cómica (con personajes populares, en tono humorístico) inserta en una comedia, de la que podía desglosarse sin problema, ya que constituía un pasaje heterogéneo respecto del asunto principal de la misma. Aunque estas escenas breves podían aparecer como entrada a la obra o como pieza final, la costumbre de intercalarlas en los entreactos de la comedia podría explicar que se impusiera el nombre de entremés [...].
[...] Habrá que llegar a Cervantes para encontrar ya definitivamente perfilados los rasgos fundamentales del entremés, en cuanto al tratamiento de los temas y de los personajes (repertorio más variado, mayor número de tipos, algunos ya del ámbito urbano) y en cuanto a los objetivos: divertir al público, reflejar ciertas formas de conducta y costumbres populares desde la óptica de la caricatura y de la sátira y complementar el espectáculo global de la representación teatral, aportando un contrapunto de humor a la obra de carácter serio y también un enfoque diverso y desmitificador de la conducta de los personajes y de sus valores.
[...]
miércoles, 4 de diciembre de 2013
miércoles, 21 de agosto de 2013
Bécquer, "La cueva de la mora"
La cueva de la mora
I
Frente al establecimiento de baños de Fitero, y sobre unas rocas
cortadas a pico, a cuyos pies corre el río Alhama, se ven todavía los restos
abandonados de un castillo árabe, célebre en los fastos gloriosos de la
reconquista por haber sido teatro de grandes y memorables hazañas, así por
parte de los que lo defendieron como de los que valerosamente clavaron sobre
sus almenas el estandarte de la cruz. De los muros no quedan más que algunos
ruinosos vestigios; las piedras de la atalaya han caído unas sobre otras al
foso y lo han cegado por completo; en el patio de armas crecen zarzales y matas
de jaramago; por todas partes adonde se vuelven los ojos no se ven más que
arcos rotos, sillares oscuros y carcomidos; aquí un lienzo de barbacana, entre
cuyas hendiduras nace la yedra; allí un torreón que aún se tiene en pie como
por milagro; más allá los postes de argamasa con las anillas de hierro que
sostenían el puente colgante.
Durante mi estancia en los baños, ya por hacer ejercicio, que, según me
decían, era conveniente al estado de mi salud, ya arrastrado por la curiosidad,
todas las tardes tomaba entre aquellos vericuetos el camino que conduce a las
ruinas de la fortaleza árabe y allí me pasaba las horas y las horas escarbando
el suelo por ver si encontraba algunas armas, dando golpes en los muros para
observar si sonaba a hueco y sorprender el escondrijo de un tesoro, y
metiéndome por todos los rincones, con la idea de encontrar la entrada de
alguno de esos subterráneos que es fama existen en todos los castillos de los
moros.
Mis diligentes pesquisas fueron por demás infructuosas.
Sin embargo, una tarde en que, ya desesperanzado de hallar algo nuevo y
curioso en los alto de la roca sobre la que se asienta el castillo, renuncié a
subir a ella, y limité mi paseo a las orillas del río que corre a sus pies,
andando a lo largo de la ribera, vi una especie de boquerón abierto en la peña
viva y medio oculto por frondosos y espesísimos matorrales. No sin mi poquito
de temor, separé el ramaje que cubría la entrada de aquello que me pareció
cueva formada por la naturaleza y que, después que anduve algunos pasos, vi era
un subterráneo abierto a pico.
No pudiendo penetrar hasta el fondo, que se perdía entre las sombras, me
limité a observar cuidadosamente los accidentes de la bóveda y del piso, que me
pareció que se elevaba formando como unos grandes peldaños en dirección a la
altura en que se halla el castillo de que ya he hecho mención, y en cuyas
ruinas recordé entonces haber visto una poterna cegada. Sin duda, había
descubierto uno de esos caminos secretos, tan comunes en las obras militares de
aquella época, el cual debió servir para hacer salidas falsas o coger, estando
sitiados, el agua del río que corre allí inmediato.
Para cerciorarme de la verdad que pudiera haber en mis inducciones,
después que salí de la cueva por donde mismo había entrado, trabé conversación
con un trabajador que andaba podando unas viñas en aquellos vericuetos, y al
cual me acerqué so pretexto de pedirle lumbre para encender un cigarrillo.
Hablamos de varias cosas indiferentes: de las propiedades medicinales de
las aguas de Fitero, de la cosecha pasada y la por venir, de las mujeres de
Navarra y el cultivo de las viñas; hablamos, en fin, de todo lo que al buen
hombre se le ocurrió, primero que de la cueva, objeto de mi curiosidad.
Cuando, por último, la conversación recayó sobre este punto, le pregunté
si sabía de alguien que hubiese penetrado en ella y visto su fondo.
—¡Penetrar en la cueva de la Mora! —me dijo, como asombrado al oír mi
pregunta—. ¿Quién había de atreverse? ¿No sabe usted que de esa sima sale todas
las noches un ánima?
—¡Un ánima! —exclamé yo, sonriéndome—. ¿El ánima de quién?
— El ánima de la hija de un alcaide moro que anda todavía penando por
estos lugares, y se la ve todas las noches salir vestida de blanco de esa
cueva, y llena en el río una jarrica de agua.
Por explicación de aquel buen hombre vine en conocimiento de que acerca
del castillo árabe y del subterráneo que yo suponía en comunicación con él había
alguna historieta, y como yo soy muy amigo de oír todas estas tradiciones
especialmente de labios de la gente del pueblo, le supliqué me la refiriese, lo
cual hizo, poco más o menos, en los mismos términos que yo, a mi vez, se la voy
a referir a mis lectores.
II
Cuando el castillo, del que ahora sólo restan algunas informes ruinas,
se tenía aún por los reyes moros, y sus torres, de las que no ha quedado piedra
sobre piedra, dominaban desde lo alto de la roca en que tienen asiento todo
aquel fertilísimo valle que fecunda el río Alhama, tuvo lugar junto a la villa
de Fitero una reñida batalla, en la cual cayó herido y prisionero de los árabes
un famoso caballero cristiano, tan digno de renombre por su piedad como por su
valentía.
Conducido a la fortaleza y cargado de hierros por sus enemigos, estuvo
algunos días en el fondo de un calabozo luchando entre la vida y la muerte,
hasta que, curado casi milagrosamente de sus heridas, sus deudos le rescataron
a fuerza de oro.
Volvió el cautivo a su hogar; volvió a estrechar entre sus brazos a los
que le dieron el ser. Sus hermanos de armas y sus hombres de guerra se
alborozaron al verle, creyendo llegada la hora de emprender nuevos combates;
pero el alma del caballero se había llenado de una profunda melancolía, y ni el
cariño paterno ni los esfuerzos de la amistad eran parte a disipar su estraña
melancolía.
Durante su cautiverio logró ver a la hija del alcaide moro, de cuya
hermosura tenía noticias por la fama antes de conocerla; pero que cuando la
hubo conocido la encontró tan superior a la idea que de ella se había formado,
que no pudo resistir a la seducción de sus encantos y se enamoró perdidamente
de un objeto para él imposible.
Meses y meses pasó el caballero forjando los proyectos más atrevidos y
absurdos: ora imaginaba un medio de romper las barreras que lo separaban de
aquella mujer, ora hacía los mayores esfuerzos por olvidarla, y ya se decidía
por una cosa, ya se mostraba partidario de otra absolutamente opuesta, hasta
que, al fin, un día reunió a sus hermanos y compañeros de armas, hizo llamar a
sus hombres de guerra y, después de hacer con el mayor sigilo todos los
aprestos necesarios, cayó de improviso sobre la fortaleza que guardaba a la
hermosura objeto de su insensato amor.
Al partir a esta expedición, todos creyeron que sólo movía a su caudillo
el afán de vengarse de cuanto le habían hecho sufrir arrojándole en el fondo de
sus calabozos; pero después de tomada la fortaleza, no se ocultó a ninguno la
verdadera causa de aquella arrojada empresa, en que tantos buenos cristianos
habían perecido para contribuir al logro de una pasión indigna.
El caballero, embriagado en el amor que, al fin, logró encender en el
pecho de la hermosísima mora, no hacía caso de los consejos de sus amigos, ni
paraba mientes en las murmuraciones y las quejas de sus soldados. Unos y otros
clamaban por salir cuanto antes de aquellos muros, sobre los cuales era natural
que habían de caer nuevamente los árabes, repuestos del pánico de la sorpresa.
Y, en efecto, sucedió así: el alcaide allegó de los lugares comarcanos y
una mañana el vigía que estaba puesto en la atalaya de la torre bajó a anunciar
a los enamorados amantes que por toda la sierra que desde aquellas rocas se
descubre se veía bajar tal nublado de guerreros, que bien podía asegurarse que
iba a caer sobre el castillo la morisma entera.
La hija del alcaide se quedó al oírlo pálida como la muerte; el
caballero pidió sus armas a grandes voces y todo se puso en movimiento en la
fortaleza. Los soldados salieron en tumulto de sus cuadras; los jefes
comenzaron a dar órdenes; se bajaron los rastrillos, se levantó el puente
colgante y se coronaron de ballesteros las almenas.
Algunas horas después comenzó el asalto.
El castillo podía llamarse con razón inexpugnable. Solo por sorpresa, como
se apoderaron de él los cristianos, era posible rendirlo. Resistieron, pues,
sus defensores una, dos y hasta diez embestidas.
Los moros se limitaron, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, a
cercarlo estrechamente para hacer capitular a sus defensores por hambre.
El hambre comenzó, en efecto, a hacer estragos horrorosos entre los
cristianos; pero sabiendo que, una vez rendido el castillo, el precio de la
vida de sus defensores era la cabeza de su jefe, ninguno quiso hacerle
traición, y los mismos que habían reprobado su conducta juraron perecer en su
defensa.
Los moros impacientes, resolvieron dar un nuevo asalto al mediar la
noche. La embestida fue rabiosa, la defensa desesperada y el choque horrible.
Durante la pelea, el alcaide, partida la frente de un hachazo cayó al foso
desde lo alto del muro, al que había logrado subir con la ayuda de una escala,
al mismo tiempo que el caballero recibía un golpe mortal en la brecha de la
barbacana, en donde unos y otros combatían cuerpo a cuerpo entre las sombras.
Los cristianos comenzaron a cejar y a replegarse. En este punto la mora
se inclinó sobre su amante, que yacía en el suelo, moribundo, y tomándolo en
sus brazos con unas fuerzas que hacían mayores la desesperación y la idea del
peligro, lo arrastró hasta el patio de armas. Allí tocó a un resorte, se
levantó una piedra como movida de un impulso sobrenatural y por la boca que
dejó ver al levantarse, desapareció con su preciosa carga y comenzó a descender
hasta llegar al fondo del subterráneo.
III
Cuando el caballero volvió en sí, tendió a su alrededor una mirada llena
de extravío, y dijo:
—¡Tengo sed! ¡Me muero! ¡Me abraso!
Y en su delirio precursor de la muerte, de sus labios secos, al pasar
por los cuales silbaba la respiración sólo se oían salir estas palabras
angustiosas:
—¡Tengo sed! ¡Me abraso! ¡Agua! ¡Agua!
La mora sabía que aquel subterráneo tenía una salida al valle por donde
corre el río. El valle y todas las alturas que lo coronan estaban llenos de
soldados moros, que, una vez rendida la fortaleza, buscaban en vano por todas
partes al caballero y a su amada para saciar en ellos su sed de exterminio. Sin
embargo, no vaciló un instante, y tomando el casco del moribundo, se deslizó
como una sombra por entre los matorrales que cubrían la boca de la cueva y bajó
a la orilla del río.
Ya había tomado el agua, ya iba a incorporarse para volver de nuevo al
lado de su amante, cuando silbó una saeta y exhaló un grito.
Dos guerreros moros que velaban alrededor de la fortaleza habían
disparados sus arcos en la dirección en que oyeron moverse las ramas.
La mora, herida de muerte, logró, sin embargo, arrastrarse a la entrada
del subterráneo y penetrar hasta el fondo, donde se encontraba el caballero.
Éste, al verla cubierta de sangre y próxima a morir, volvió en su razón y,
conociendo la enormidad del pecado que tan duramente expiaban, volvió sus ojos
al cielo, tomó el agua que su amante le ofrecía y, sin acercársela a los
labios, preguntó a la mora:
—¿Quieres ser cristiana? ¿Quieres morir en mi religión y, si me salvo,
salvarte conmigo?
La mora, que había caído al suelo desvanecida con la falta de sangre,
hizo un movimiento imperceptible con la cabeza, sobre la cual derramó el
caballero el agua bautismal invocando el nombre del Todopoderoso.
Al otro día, el soldado que disparó la saeta vio un rastro de sangre a
la orilla del río, y siguiéndolo entró en la cueva, donde encontró los
cadáveres del caballero y su amada, que aún vienen por las noches a vagar por
estos contornos.
lunes, 29 de octubre de 2012
Sobre "El niño yuntero"
Sobre El
niño yuntero
Comentario a partir de la estrofa 11
Estrofa 11: Se da en
esta estrofa un cambio de persona
gramatical, aparece el yo lírico a través de la primera persona. De esta
forma él se involucra con esta realidad, una realidad de la que se siente
responsable como lo es la sociedad toda.
Utiliza una comparación. El dolor que siente por este niño se asimila
al dolor que provoca una grandiosa espina. Es igual de persistente y no se
quitará hasta que esta realidad no cambie, así como la espina genera dolor y
sufrimiento mientras está clavada y este dolor no cesa hasta que esta es
quitada. El adjetivo “grandiosa” hace que la idea de dolor sea mayor.
El niño tiene
un vivir “ceniciento” (de color ceniza), y esto remueve el interior del yo
lírico: “revuelve mi alma de encina”. La mención a la ceniza nos vuelve a traer la visión de la muerte, nos renueva la
idea del vínculo entre este niño y la muerte. La encina es un árbol
característico del mediterráneo, forma parte del entorno cotidiano del poeta.
El yo lírico tiene alma de encina, esto configura un recurso que denominamos vegetalización.
Estrofa 12: Antes se
describió la realidad del niño yuntero como algo externo, objetivo. Ahora esto
es visto a través de los ojos del yo lírico: “Le veo…”. Lo ve arar los rastrojos (residuos de la tierra) y
devorar un mendrugo (pan duro). Deben notar cómo el niño siempre está vinculado
a los deshechos y cómo el hambre aparece sugerida a través de la
forma de comer de este niño (devora). También es importante ver que ese pan es
un pan viejo, endurecido; el niño no tiene el alimento que merece.
El niño tiene
en su interior cierto resentimiento por lo que le ha tocado, pero no lo expresa
verbalmente sino que pregunta “con los
ojos”. El yo lírico ve esto en su mirada y lo visualiza como un sentimiento
casi reprimido.
Estrofa 13: El yo lírico
expresa la angustia que le genera esta situación a través de metáforas: “Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta”. El dolor está focalizado en el pecho, es decir en una zona cercana al corazón (que se vincula a
los sentimientos), y en la garganta,
donde se siente la angustia reprimida y de donde debería salir la denuncia, debería
gritar para denunciar esta injusticia.
Luego expresa directamente el sufrimiento que
le causa ver la gran cantidad de trabajo que le queda por delante: “sufro
viendo el barbecho [tierra para labrar] tan grande bajo su planta”.
Estrofa 14: Las interrogantes que se presentan en esta
estrofa nos involucran; todo somos responsables de responderlas. A través de
ellas el yo lírico expresa la necesidad de que alguien o algo salve a este
niño, de que esta situación social no se siga reproduciendo.
A través de
una hipérbole nos da la idea de lo
pequeño que es el niño, es un chiquillo “menor que un grano de avena”.
“¿De dónde
saldrá el martillo/ verdugo de esta cadena?”
Verdugo (que
administra justicia).
Martillo:
persona que persigue algo con el fin de acabar con ello.
Cadena:
sugiere opresión. Sugiere sucesión de hechos, repetición de estos.
Estos versos
preguntan acerca de quién será el
encargado de hacer justicia y de cortar este círculo vicioso, esta cadena
de injusticias sociales. A su vez, el autor utilizó términos que en sus
diversas acepciones, son utilizados en su entorno rural: el “martillo” también
es el hueso entre el oído del animal y el yunque, y “verdugo” se le llama
también a una pieza de madera de la carreta.
Estrofa 15: En este final el yo lírico ofrece lo
que él siente como la solución; expresa su deseo respecto de las preguntas
planteadas en la estrofa anterior. Cree que la solución debe salir de los hombres jornaleros, de los
trabajadores, de los que día a día se ganan el pan con esfuerzo. Invita a estos
a que no olviden su origen: “antes
de ser hombres… han sido niños yunteros”. Nótese que dice “son y han sido”, es decir que, a pesar de haber crecido, a pesar
de que hoy su situación puede ser otra, nunca dejan su pasado atrás, a pesar de
sus años, no dejan de ser niños y, especialmente, niños yunteros.
lunes, 13 de agosto de 2012
Lazarillo
Clic aquí para leer La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades
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INFORMACIÓN PREVIA AL ANÁLISIS DE El Lazarillo
de Tormes
Contexto
Esta obra se inscribe dentro de la literatura de
ficción española de mediados del siglo XVI.
En la época, se cultivaban tres tipos de novelas,
todas ellas suponen una evasión:
a)
la
novela de caballería
b)
la
novela sentimental
c)
la
novela pastoril
En este marco aparecerá El Lazarillo de Tormes,
que supondrá un alejamiento tanto por su carácter autobiográfico como por la
presencia de un mundo hostil y la ausencia de hazañas.
La novela aparece durante el reinado de Carlos V,
época de esplendor para España. Sin embargo, es necesario conocer la otra cara.
A raíz de las guerras que costaron inmensas
fortunas, los impuestos y contribuciones empezaron a aumentar afectando sobre
todo a una parte de la población: comerciantes, clase media y bajo pueblo. En
la realidad de estos últimos se habría basado el autor, quien además muestra
algo más genérico: la ubicación del pobre y el rico en la escala social, pero
con el mismo interés de “poseer”.
El Renacimiento consolida una nueva situación en que
la obra de arte ya no obedece a un código, sino que se entiende como un
segmento del universo, según lo observa una persona, en un momento y según un
punto de vista. El punto de vista de esta novela es el de Lázaro adulto.
También pretendía el Renacimiento forjar una
realidad fingida que tenga color de verdad. En El Lazarillo de Tormes se
pretende lograr la verosimilitud a través de un narrador-personaje que cuenta
lo que él vive y separa lo cierto de lo dudoso.
Las primeras ediciones datan de 1554, aunque se
cree fue escrito en 1538 (dato extraído de las últimas frases de la obra) y en
Toledo (dadas las constantes alusiones a esta ciudad).
En cuanto al autor, la obra fue publicada en forma anónima.
Según algunos críticos, no se manifestaría la autoría por dos razones:
a)
porque
contiene crítica anticlerical, motivo por el cual el autor habría preferido el
anonimato, temiendo a la inquisición.
b)
porque
está escrita en lengua romance, y existe un cierto prurito en el Renacimiento
en cuanto al uso de estas lenguas para la creación literaria.
El Lazarillo de Tormes como novela
Se sostiene que es una novela
pues crea un mundo ficticio, reflejo de una visión acerca del mundo real, y
tiene como finalidad entretener. Pero ¿dentro de qué tipo de novela se
inscribe? Esta claro que dentro de ninguna de las tres vertientes mencionadas
anteriormente.
La novela picaresca
Se ha vinculado a El
Lazarillo de Tormes con la novela picaresca. En dichas novelas se destaca
la presencia de un personaje principal: el pícaro. El pícaro es según el
crítico alemán Ludwing Pfandl “...un mozo nacido casi siempre de padres pobres
y de baja extracción, rara vez honrados, el cual por culpa de malas compañías o
por falta de instrucción, ...cae en la vagancia, se aparta del trabajo y lucha
contra la vida como puede, con osadía y falta de escrúpulos, con engaños,
malicias y malas artes...pero a pesar del hambre y los fracasos...no quisiera
ser otra cosa que lo que es...”
Se bien Lázaro no coincide en su totalidad con esta
definición, sí puede reconocerse en él un antecedente de las novelas picarescas
posteriores, pues:
a)
utiliza
la forma autobiográfica,
b)
realiza
una pintura de la sociedad,
c)
presenta
una intención doctrinal o moralizadora.
La forma epistolar
Según Francisco Rico, la prosa no contaba con
precedentes cercanos, el único sería la carta. De hecho el Lazarillo tomará
esta forma, dirigiendo su narración al principio y dejando constancia al final
del lugar y fecha de redacción.
Afirma F. Rico, que la carta es el modelo que más se
presta para la autobiografía.
Lazarillo
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INFORMACIÓN PREVIA AL ANÁLISIS DE El Lazarillo
de Tormes
Contexto
Esta obra se inscribe dentro de la literatura de
ficción española de mediados del siglo XVI.
En la época, se cultivaban tres tipos de novelas,
todas ellas suponen una evasión:
a)
la
novela de caballería
b)
la
novela sentimental
c)
la
novela pastoril
En este marco aparecerá El Lazarillo de Tormes,
que supondrá un alejamiento tanto por su carácter autobiográfico como por la
presencia de un mundo hostil y la ausencia de hazañas.
La novela aparece durante el reinado de Carlos V,
época de esplendor para España. Sin embargo, es necesario conocer la otra cara.
A raíz de las guerras que costaron inmensas
fortunas, los impuestos y contribuciones empezaron a aumentar afectando sobre
todo a una parte de la población: comerciantes, clase media y bajo pueblo. En
la realidad de estos últimos se habría basado el autor, quien además muestra
algo más genérico: la ubicación del pobre y el rico en la escala social, pero
con el mismo interés de “poseer”.
El Renacimiento consolida una nueva situación en que
la obra de arte ya no obedece a un código, sino que se entiende como un
segmento del universo, según lo observa una persona, en un momento y según un
punto de vista. El punto de vista de esta novela es el de Lázaro adulto.
También pretendía el Renacimiento forjar una
realidad fingida que tenga color de verdad. En El Lazarillo de Tormes se
pretende lograr la verosimilitud a través de un narrador-personaje que cuenta
lo que él vive y separa lo cierto de lo dudoso.
Las primeras ediciones datan de 1554, aunque se
cree fue escrito en 1538 (dato extraído de las últimas frases de la obra) y en
Toledo (dadas las constantes alusiones a esta ciudad).
En cuanto al autor, la obra fue publicada en forma anónima.
Según algunos críticos, no se manifestaría la autoría por dos razones:
a)
porque
contiene crítica anticlerical, motivo por el cual el autor habría preferido el
anonimato, temiendo a la inquisición.
b)
porque
está escrita en lengua romance, y existe un cierto prurito en el Renacimiento
en cuanto al uso de estas lenguas para la creación literaria.
El Lazarillo de Tormes como novela
Se sostiene que es una novela
pues crea un mundo ficticio, reflejo de una visión acerca del mundo real, y
tiene como finalidad entretener. Pero ¿dentro de qué tipo de novela se
inscribe? Esta claro que dentro de ninguna de las tres vertientes mencionadas
anteriormente.
La novela picaresca
Se ha vinculado a El
Lazarillo de Tormes con la novela picaresca. En dichas novelas se destaca
la presencia de un personaje principal: el pícaro. El pícaro es según el
crítico alemán Ludwing Pfandl “...un mozo nacido casi siempre de padres pobres
y de baja extracción, rara vez honrados, el cual por culpa de malas compañías o
por falta de instrucción, ...cae en la vagancia, se aparta del trabajo y lucha
contra la vida como puede, con osadía y falta de escrúpulos, con engaños,
malicias y malas artes...pero a pesar del hambre y los fracasos...no quisiera
ser otra cosa que lo que es...”
Se bien Lázaro no coincide en su totalidad con esta
definición, sí puede reconocerse en él un antecedente de las novelas picarescas
posteriores, pues:
a)
utiliza
la forma autobiográfica,
b)
realiza
una pintura de la sociedad,
c)
presenta
una intención doctrinal o moralizadora.
La forma epistolar
Según Francisco Rico, la prosa no contaba con
precedentes cercanos, el único sería la carta. De hecho el Lazarillo tomará
esta forma, dirigiendo su narración al principio y dejando constancia al final
del lugar y fecha de redacción.
Afirma F. Rico, que la carta es el modelo que más se
presta para la autobiografía.
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