miércoles, 4 de diciembre de 2013

Entremés

Fragmentos de definición tomada de Demetrio Estébanez Calderón, Breve diccionario de términos literarios

Entremés. Término [...] con el que se designaba, a mediados del siglo XVI, una breve escena cómica (con personajes populares, en tono humorístico) inserta en una comedia, de la que podía desglosarse sin problema, ya que constituía un pasaje heterogéneo respecto del asunto principal de la misma. Aunque estas escenas breves podían aparecer como entrada  a la obra o como pieza final, la costumbre de intercalarlas en los entreactos de la comedia podría explicar que se impusiera el nombre de entremés [...].
[...] Habrá que llegar a Cervantes para encontrar ya definitivamente perfilados los rasgos fundamentales del entremés, en cuanto al tratamiento de los temas y de los personajes (repertorio más variado, mayor número de tipos, algunos ya del ámbito urbano) y en cuanto a los objetivos: divertir al público, reflejar ciertas formas de conducta y costumbres populares desde la óptica de la caricatura y de la sátira y complementar el espectáculo global de la representación teatral, aportando un contrapunto de humor a la obra de carácter serio y también un enfoque diverso y desmitificador de la conducta de los personajes y de sus valores.
[...]

miércoles, 21 de agosto de 2013

Federico García Lorca, "La casada infiel"

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Bécquer, "La cueva de la mora"

La cueva de la mora
I
Frente al establecimiento de baños de Fitero, y sobre unas rocas cortadas a pico, a cuyos pies corre el río Alhama, se ven todavía los restos abandonados de un castillo árabe, célebre en los fastos gloriosos de la reconquista por haber sido teatro de grandes y memorables hazañas, así por parte de los que lo defendieron como de los que valerosamente clavaron sobre sus almenas el estandarte de la cruz. De los muros no quedan más que algunos ruinosos vestigios; las piedras de la atalaya han caído unas sobre otras al foso y lo han cegado por completo; en el patio de armas crecen zarzales y matas de jaramago; por todas partes adonde se vuelven los ojos no se ven más que arcos rotos, sillares oscuros y carcomidos; aquí un lienzo de barbacana, entre cuyas hendiduras nace la yedra; allí un torreón que aún se tiene en pie como por milagro; más allá los postes de argamasa con las anillas de hierro que sostenían el puente colgante.
Durante mi estancia en los baños, ya por hacer ejercicio, que, según me decían, era conveniente al estado de mi salud, ya arrastrado por la curiosidad, todas las tardes tomaba entre aquellos vericuetos el camino que conduce a las ruinas de la fortaleza árabe y allí me pasaba las horas y las horas escarbando el suelo por ver si encontraba algunas armas, dando golpes en los muros para observar si sonaba a hueco y sorprender el escondrijo de un tesoro, y metiéndome por todos los rincones, con la idea de encontrar la entrada de alguno de esos subterráneos que es fama existen en todos los castillos de los moros.
Mis diligentes pesquisas fueron por demás infructuosas.
Sin embargo, una tarde en que, ya desesperanzado de hallar algo nuevo y curioso en los alto de la roca sobre la que se asienta el castillo, renuncié a subir a ella, y limité mi paseo a las orillas del río que corre a sus pies, andando a lo largo de la ribera, vi una especie de boquerón abierto en la peña viva y medio oculto por frondosos y espesísimos matorrales. No sin mi poquito de temor, separé el ramaje que cubría la entrada de aquello que me pareció cueva formada por la naturaleza y que, después que anduve algunos pasos, vi era un subterráneo abierto a pico.
No pudiendo penetrar hasta el fondo, que se perdía entre las sombras, me limité a observar cuidadosamente los accidentes de la bóveda y del piso, que me pareció que se elevaba formando como unos grandes peldaños en dirección a la altura en que se halla el castillo de que ya he hecho mención, y en cuyas ruinas recordé entonces haber visto una poterna cegada. Sin duda, había descubierto uno de esos caminos secretos, tan comunes en las obras militares de aquella época, el cual debió servir para hacer salidas falsas o coger, estando sitiados, el agua del río que corre allí inmediato.
Para cerciorarme de la verdad que pudiera haber en mis inducciones, después que salí de la cueva por donde mismo había entrado, trabé conversación con un trabajador que andaba podando unas viñas en aquellos vericuetos, y al cual me acerqué so pretexto de pedirle lumbre para encender un cigarrillo.
Hablamos de varias cosas indiferentes: de las propiedades medicinales de las aguas de Fitero, de la cosecha pasada y la por venir, de las mujeres de Navarra y el cultivo de las viñas; hablamos, en fin, de todo lo que al buen hombre se le ocurrió, primero que de la cueva, objeto de mi curiosidad.
Cuando, por último, la conversación recayó sobre este punto, le pregunté si sabía de alguien que hubiese penetrado en ella y visto su fondo.
—¡Penetrar en la cueva de la Mora! —me dijo, como asombrado al oír mi pregunta—. ¿Quién había de atreverse? ¿No sabe usted que de esa sima sale todas las noches un ánima?
—¡Un ánima! —exclamé yo, sonriéndome—. ¿El ánima de quién?
— El ánima de la hija de un alcaide moro que anda todavía penando por estos lugares, y se la ve todas las noches salir vestida de blanco de esa cueva, y llena en el río una jarrica de agua.
Por explicación de aquel buen hombre vine en conocimiento de que acerca del castillo árabe y del subterráneo que yo suponía en comunicación con él había alguna historieta, y como yo soy muy amigo de oír todas estas tradiciones especialmente de labios de la gente del pueblo, le supliqué me la refiriese, lo cual hizo, poco más o menos, en los mismos términos que yo, a mi vez, se la voy a referir a mis lectores.
II
Cuando el castillo, del que ahora sólo restan algunas informes ruinas, se tenía aún por los reyes moros, y sus torres, de las que no ha quedado piedra sobre piedra, dominaban desde lo alto de la roca en que tienen asiento todo aquel fertilísimo valle que fecunda el río Alhama, tuvo lugar junto a la villa de Fitero una reñida batalla, en la cual cayó herido y prisionero de los árabes un famoso caballero cristiano, tan digno de renombre por su piedad como por su valentía.
Conducido a la fortaleza y cargado de hierros por sus enemigos, estuvo algunos días en el fondo de un calabozo luchando entre la vida y la muerte, hasta que, curado casi milagrosamente de sus heridas, sus deudos le rescataron a fuerza de oro.
Volvió el cautivo a su hogar; volvió a estrechar entre sus brazos a los que le dieron el ser. Sus hermanos de armas y sus hombres de guerra se alborozaron al verle, creyendo llegada la hora de emprender nuevos combates; pero el alma del caballero se había llenado de una profunda melancolía, y ni el cariño paterno ni los esfuerzos de la amistad eran parte a disipar su estraña melancolía.
Durante su cautiverio logró ver a la hija del alcaide moro, de cuya hermosura tenía noticias por la fama antes de conocerla; pero que cuando la hubo conocido la encontró tan superior a la idea que de ella se había formado, que no pudo resistir a la seducción de sus encantos y se enamoró perdidamente de un objeto para él imposible.
Meses y meses pasó el caballero forjando los proyectos más atrevidos y absurdos: ora imaginaba un medio de romper las barreras que lo separaban de aquella mujer, ora hacía los mayores esfuerzos por olvidarla, y ya se decidía por una cosa, ya se mostraba partidario de otra absolutamente opuesta, hasta que, al fin, un día reunió a sus hermanos y compañeros de armas, hizo llamar a sus hombres de guerra y, después de hacer con el mayor sigilo todos los aprestos necesarios, cayó de improviso sobre la fortaleza que guardaba a la hermosura objeto de su insensato amor.
Al partir a esta expedición, todos creyeron que sólo movía a su caudillo el afán de vengarse de cuanto le habían hecho sufrir arrojándole en el fondo de sus calabozos; pero después de tomada la fortaleza, no se ocultó a ninguno la verdadera causa de aquella arrojada empresa, en que tantos buenos cristianos habían perecido para contribuir al logro de una pasión indigna.
El caballero, embriagado en el amor que, al fin, logró encender en el pecho de la hermosísima mora, no hacía caso de los consejos de sus amigos, ni paraba mientes en las murmuraciones y las quejas de sus soldados. Unos y otros clamaban por salir cuanto antes de aquellos muros, sobre los cuales era natural que habían de caer nuevamente los árabes, repuestos del pánico de la sorpresa.
Y, en efecto, sucedió así: el alcaide allegó de los lugares comarcanos y una mañana el vigía que estaba puesto en la atalaya de la torre bajó a anunciar a los enamorados amantes que por toda la sierra que desde aquellas rocas se descubre se veía bajar tal nublado de guerreros, que bien podía asegurarse que iba a caer sobre el castillo la morisma entera.
La hija del alcaide se quedó al oírlo pálida como la muerte; el caballero pidió sus armas a grandes voces y todo se puso en movimiento en la fortaleza. Los soldados salieron en tumulto de sus cuadras; los jefes comenzaron a dar órdenes; se bajaron los rastrillos, se levantó el puente colgante y se coronaron de ballesteros las almenas.
Algunas horas después comenzó el asalto.
El castillo podía llamarse con razón inexpugnable. Solo por sorpresa, como se apoderaron de él los cristianos, era posible rendirlo. Resistieron, pues, sus defensores una, dos y hasta diez embestidas.
Los moros se limitaron, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, a cercarlo estrechamente para hacer capitular a sus defensores por hambre.
El hambre comenzó, en efecto, a hacer estragos horrorosos entre los cristianos; pero sabiendo que, una vez rendido el castillo, el precio de la vida de sus defensores era la cabeza de su jefe, ninguno quiso hacerle traición, y los mismos que habían reprobado su conducta juraron perecer en su defensa.
Los moros impacientes, resolvieron dar un nuevo asalto al mediar la noche. La embestida fue rabiosa, la defensa desesperada y el choque horrible. Durante la pelea, el alcaide, partida la frente de un hachazo cayó al foso desde lo alto del muro, al que había logrado subir con la ayuda de una escala, al mismo tiempo que el caballero recibía un golpe mortal en la brecha de la barbacana, en donde unos y otros combatían cuerpo a cuerpo entre las sombras.
Los cristianos comenzaron a cejar y a replegarse. En este punto la mora se inclinó sobre su amante, que yacía en el suelo, moribundo, y tomándolo en sus brazos con unas fuerzas que hacían mayores la desesperación y la idea del peligro, lo arrastró hasta el patio de armas. Allí tocó a un resorte, se levantó una piedra como movida de un impulso sobrenatural y por la boca que dejó ver al levantarse, desapareció con su preciosa carga y comenzó a descender hasta llegar al fondo del subterráneo.
III
Cuando el caballero volvió en sí, tendió a su alrededor una mirada llena de extravío, y dijo:
—¡Tengo sed! ¡Me muero! ¡Me abraso!
Y en su delirio precursor de la muerte, de sus labios secos, al pasar por los cuales silbaba la respiración sólo se oían salir estas palabras angustiosas:
—¡Tengo sed! ¡Me abraso! ¡Agua! ¡Agua!
La mora sabía que aquel subterráneo tenía una salida al valle por donde corre el río. El valle y todas las alturas que lo coronan estaban llenos de soldados moros, que, una vez rendida la fortaleza, buscaban en vano por todas partes al caballero y a su amada para saciar en ellos su sed de exterminio. Sin embargo, no vaciló un instante, y tomando el casco del moribundo, se deslizó como una sombra por entre los matorrales que cubrían la boca de la cueva y bajó a la orilla del río.
Ya había tomado el agua, ya iba a incorporarse para volver de nuevo al lado de su amante, cuando silbó una saeta y exhaló un grito.
Dos guerreros moros que velaban alrededor de la fortaleza habían disparados sus arcos en la dirección en que oyeron moverse las ramas.
La mora, herida de muerte, logró, sin embargo, arrastrarse a la entrada del subterráneo y penetrar hasta el fondo, donde se encontraba el caballero. Éste, al verla cubierta de sangre y próxima a morir, volvió en su razón y, conociendo la enormidad del pecado que tan duramente expiaban, volvió sus ojos al cielo, tomó el agua que su amante le ofrecía y, sin acercársela a los labios, preguntó a la mora:
—¿Quieres ser cristiana? ¿Quieres morir en mi religión y, si me salvo, salvarte conmigo?
La mora, que había caído al suelo desvanecida con la falta de sangre, hizo un movimiento imperceptible con la cabeza, sobre la cual derramó el caballero el agua bautismal invocando el nombre del Todopoderoso.

Al otro día, el soldado que disparó la saeta vio un rastro de sangre a la orilla del río, y siguiéndolo entró en la cueva, donde encontró los cadáveres del caballero y su amada, que aún vienen por las noches a vagar por estos contornos.

lunes, 29 de octubre de 2012

Cervantes

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Sobre "El niño yuntero"


Sobre El niño yuntero
Comentario a partir de la estrofa 11

Estrofa 11: Se da en esta estrofa un cambio de persona gramatical, aparece el yo lírico a través de la primera persona. De esta forma él se involucra con esta realidad, una realidad de la que se siente responsable como lo es la sociedad toda.
Utiliza una comparación.  El dolor que siente por este niño se asimila al dolor que provoca una grandiosa espina. Es igual de persistente y no se quitará hasta que esta realidad no cambie, así como la espina genera dolor y sufrimiento mientras está clavada y este dolor no cesa hasta que esta es quitada. El adjetivo “grandiosa” hace que la idea de dolor sea mayor.
El niño tiene un vivir “ceniciento” (de color ceniza), y esto remueve el interior del yo lírico: “revuelve mi alma de encina”. La mención a la ceniza nos vuelve a traer la visión de la muerte, nos renueva la idea del vínculo entre este niño y la muerte. La encina es un árbol característico del mediterráneo, forma parte del entorno cotidiano del poeta. El yo lírico tiene alma de encina, esto configura un recurso que denominamos vegetalización.
Estrofa 12: Antes se describió la realidad del niño yuntero como algo externo, objetivo. Ahora esto es visto a través de los ojos del yo lírico: “Le veo…”. Lo ve arar los rastrojos (residuos de la tierra) y devorar un mendrugo (pan duro). Deben notar cómo el niño siempre está vinculado a los deshechos y cómo el hambre aparece sugerida a través de la forma de comer de este niño (devora). También es importante ver que ese pan es un pan viejo, endurecido; el niño no tiene el alimento que merece.
El niño tiene en su interior cierto resentimiento por lo que le ha tocado, pero no lo expresa verbalmente sino que pregunta “con los ojos”. El yo lírico ve esto en su mirada y lo visualiza como un sentimiento casi reprimido.
Estrofa 13: El yo lírico expresa la angustia que le genera esta situación a través de metáforas: “Me da su arado en el pecho, y su vida en la garganta”. El dolor está focalizado en el pecho, es decir en una zona cercana al corazón (que se vincula a los sentimientos), y en la garganta, donde se siente la angustia reprimida y de donde debería salir la denuncia, debería gritar para denunciar esta injusticia.
Luego expresa directamente el sufrimiento que le causa ver la gran cantidad de trabajo que le queda por delante: “sufro viendo el barbecho [tierra para labrar] tan grande bajo su planta”.
Estrofa 14: Las interrogantes que se presentan en esta estrofa nos involucran; todo somos responsables de responderlas. A través de ellas el yo lírico expresa la necesidad de que alguien o algo salve a este niño, de que esta situación social no se siga reproduciendo.
A través de una hipérbole nos da la idea de lo pequeño que es el niño, es un chiquillo “menor que un grano de avena”.
“¿De dónde saldrá el martillo/ verdugo de esta cadena?”
Verdugo (que administra justicia).
Martillo: persona que persigue algo con el fin de acabar con ello.
Cadena: sugiere opresión. Sugiere sucesión de hechos, repetición de estos.
Estos versos preguntan acerca de quién será el encargado de hacer justicia y de cortar este círculo vicioso, esta cadena de injusticias sociales. A su vez, el autor utilizó términos que en sus diversas acepciones, son utilizados en su entorno rural: el “martillo” también es el hueso entre el oído del animal y el yunque, y “verdugo” se le llama también a una pieza de madera de la carreta.
Estrofa 15: En este final el yo lírico ofrece lo que él siente como la solución; expresa su deseo respecto de las preguntas planteadas en la estrofa anterior. Cree que la solución debe salir de los hombres jornaleros, de los trabajadores, de los que día a día se ganan el pan con esfuerzo. Invita a estos a que no olviden su origen: “antes de ser hombres… han sido niños yunteros”. Nótese que dice “son y han sido”, es decir que, a pesar de haber crecido, a pesar de que hoy su situación puede ser otra, nunca dejan su pasado atrás, a pesar de sus años, no dejan de ser niños y, especialmente, niños yunteros.